un solo cuerpo largo y flexible

Tomarse de la soga
Caminar, nunca detenerse
No prender la luz

De haber sabido de qué se trataba yo creo que la mitad de la gente no hubiera participado. Era jueves, 19 30, habíamos salido del laburo y parecía buen plan recuperar el entusiasmo. Estábamos haciendo fila para entrar y había cierto calor nervioso entre nosotrxs. Una conversación superficial, dos o tres comentarios del día, una sonrisa incómoda, alguien nos pidió mantener el silencio.  

De repente nos entregaron un papelito a cada unx: 

Tomarse de la soga - Caminar, nunca detenerse - No prender la luz


Las indicaciones eran claras, sin embargo lejos de disipar las inquietudes de lxs asistentes, aumentó en mí el pulso de expectativa e interrogantes sobre lo que iba a ver en los próximos minutos. Me parece que como espectadores hoy estamos (mal)acostumbrados a que nos expliquen todo de antemano, construyendo un marco de seguridad sobre la experiencia sensible. "Voy a tal inauguración, a ver tal artista, a leer tal texto, a encontrarme con tales personas del círculo, a hacer tal perfo y generar tales intercambios sociales". Unx está familiarizadx con el lugar físico, con sus gestores, su público potencial, su código de vestimenta y hasta el formato que va a tener el texto de sala. A veces parece que ya no hay margen para la sorpresa en rosario.

Volviendo a ese jueves, cuando nos dieron el ok, nos dispusimos a entrar de a unx. En primera instancia la experiencia era individual. Descendíamos por una escalera de luz cálida y al final de la misma una persona nos entregaba en cuerpo, con una mueca suave, sin mediar palabra, hacia el vacío.

De repente las pupilas dilatadísimas, figurabamos con urgencia formas y contornos en el aire. Había olor a materiales sintéticos como mucho tropical mecánico y un suelo áspero que si arrastrabas un poquito los pies podías sentir el cemento acabado burdo de quien termina rápido el trabajo obrero. La pesadilla se había vuelto real: estábamos en un espacio virtual infinito. El nylon de la soga náutica empezaba a quemar la yema de los dedos. El lazo sintético tenso, anguloso, subía metros, luego bajaba, doblaba, se estremecía y yo ni fumada soltaba el único atisbo de realidad concreta a la que me podía sujetar. Por momentos se oían pasos en la sala, imposibles de localizar, pues si era lejos o cerca nuestro ya daba lo mismo: estábamos entregadxs, había que caminar, nunca detenerse y (agrego) sobre todo confiar. 

Hacia la mitad del recorrido decidí relajarme; la mano que sostenía la soga dejó de transpirar y la palpitación cedió hacia un ritmo cardíaco cotidiano. Empecé a sentir cómo el vacío negro abrazaba mi cuerpo y mi desplazamiento lento se abría en tajos verticales, y frente a mí ese colchón de nada. Cuando me sentí lista y segura para seguir adelante en la oscuridad había llegado al final del recorrido.  

Salimos de la sala, nos recibía una persona que con mucha amabilidad nos preguntaba cómo estábamos y si queríamos pasar a una siguiente instancia más distendida. Al cruzar la puerta nos esperaba una fiesta. 
El sonido electropop y un baffle saturado hizo que en una o dos oportunidades salte la térmica. La experiencia ahora era colectiva. Conversábamos y bailábamos. Me di cuenta que cada persona llenó ese vacío con sus propios miedos, fantasías, pensamientos y deseos y eso hablaba transparente mucho de nosotrxs y lo que estábamos viviendo en ese ahora. La birra estaba mil pesos y alguien exclamó que javier no había pasado por allí todavía.

...

En diciembre del año pasado asistimos a una exposición llamada "Un solo cuerpo largo y flexible" en el CC La Toma (Rosario). Nunca imaginé que ese acontecimiento iba a cambiar mi forma de percibir el campo del arte. Yo creo que tampoco nadie de lxs que estábamos ahí podía figurar lo que se venía encima.




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