Club de Grabado Montevideo: viejas o nuevas formas de trabajar en equipo
El blog cumple seis meses! es propio de esta entrega especial involucrarse con un fenómeno latinoamericano un tanto más complejo. Un proyecto colectivo: el Club de Grabado Montevideo. Suena como tarea complicada por la amplitud del mismo. A por ello, a continuación se enuncia un breve recorrido por sus primeros intersticios, habilitando un posible mapa de su existencia y un abordaje de los puntos principales en cuanto a su inicial programa estético-político.
II Feria de libros y grabados, 1961.
Fundado hacia 1953, el Club es un recinto de experiencias que prolongó su existencia durante casi cuarenta años. En principio podemos señalar que esta gente hizo del grabado una plataforma editorial, que a cada paso a cada estampa, desmitificaba el original. Además proponían a través de la obra múltiple el acceso popular a imágenes que, durante un tiempo de alianzas clasistas en el plano político y cultural uruguayo, estos grabadores construían con ellas un esquema estético otro, dirigido a artistas e intelectuales de sectores medios y universitarios. También es significativo porque marcó una instancia decisiva en cuanto a los usos sociales de la imagen múltiple y sus destinatarios. Si bien podemos relacionar su ejercicio con la experiencia mexicana del Taller de Gráfica Popular o con los clubes de gravura Porto Alegre y de Bagé, el CGM se diferencia por consolidar una cultura sui generis socio-clubista. Se trataba de una colectividad participativa que suponía la existencia de dos agentes: productores o difusores por un lado, y receptores o espectadores por el otro. Así fue que el Club se fundó sobre una amalgama de socios grabadores rotativos y amplios socios contribuyentes.
¿Cómo empieza el asunto? En 1950, un grupo de jóvenes estudiantes de artes y de arquitectura intercambian sobre la posibilidad de alquilar un taller de manera colectiva. Esta idea “romántica” (hoy si se quiere) toma forma prontamente en el Uruguay en manos de Leonilda González, Nicolás Loureiro, Aída Rodríguez, Beatriz Tosar y Susana Turiansky. Por aquel entonces el arte plástico comprendía lo que sucedía en los Salones y exposiciones en escasas galerías. El grabado tenía algunos adeptos que se abocaban por la xilografía, el linóleo, la punta seca y el aguafuerte. Pese a su condición de obra seriada, generalmente la producción quedaba recluida en los talleres, y en todo caso un ejemplar se presentaba en algún certamen. Hubo algunos intentos de difusión en publicaciones pero estos ejercicios aislados de poner el arte al alcance de la población uruguaya no podía satisfacer las inquietudes y ambiciones de aquellos que sostenían que el arte podía ser un producto de consumo popular. Así fue como los nuevos inquilinos del taller, algunos profesionales y otros inexpertos en la gráfica, se articularon para producir colectivamente imágenes.
En agosto del 53 imprimen su primer manifiesto: allí expresaban sus propósitos, los deberes del socio grabador y los del socio contribuyente. Resaltaba un mensaje en las primeras hojas: ¨Sobre la base de que por medio del grabado se puede llegar a los distintos sectores del pueblo, manteniendo despierto su interés por las manifestaciones artísticas, y de que sólo la “consubstanciacion” del artista y el público nacerá una expresión popular y auténticamente nacional, se ha creado el primer club de grabado del Uruguay”. Entre sus propósitos principales se encontraba propender a una más amplia divulgación del grabado, buscar un mayor acercamiento entre el artista y el publico e incrementar el intercambio de obras con los demás países. Ahora bien, para cumplir con estas aspiraciones los integrantes fundadores entendían necesario agrupar la mayor cantidad de artistas que practiquen el grabado, proporcionándole material y lugar de trabajo, condensar la mayor cantidad de socios colaboradores que con su ayuda permitan resolver los problemas de orden administrativo y orgánico y crear filiales del Club en el interior, allí donde no sea posible la creación de un club por falta de artistas grabadores.
Hacia la década del sesenta, en la búsqueda de los 500 socios y con un club consolidado como institución, publican A la opinión pública, un manifiesto que proclamaba que «en esta acción conjunta de grabadores, plásticos en general, intelectuales, y de un público que nos acompaña, el Club de Grabado de Montevideo inicia una segunda etapa basada en un programa de realizaciones que, acorde a nuestros propósitos, abre perspectivas de insospechable alcance». Se llevan a cabo ferias callejeras y didácticas del CGM en la Plaza Libertad y en el barrio del Cerro de Montevideo, espacios donde se logran nuevos socios y se dialoga con el público de una forma más cercana. Por aquellos años, el CGM abre su primera filial del interior del país en la ciudad de Mercedes. Las imágenes (y sus medios) se diversifican. Imprimen boletines, grabados, almanaques. Se crea el Taller de Artes Gráficas del CGM. Difusión, alcance, replica, reproducción, amplitud, resonancia son algunas de las palabras con las que podemos caracterizar este fenómeno creciente.
A veces es en números como uno dimensiona ciertos fenómenos y su alcance real. Entre 1953 y 1964, el CGM editó 129 grabados de 33 autores. Realizó 62 exposiciones, asistió y organizó ferias, cursos de Grabado e Historia del Arte. Aquellos 50 socios iniciales se convierten prontamente en 1300 en diciembre de 1964. ¿A qué se debe tal replica? Hay algo de atractivo de formar parte de una comunidad, del pertenecer, del intercambio material, de la continuidad en el tiempo de un proyecto sostenido, de aportar a la cultura nacional y recibir algo a cambio. “El Club de Grabado Montevideo al dar cumplimiento a la labor que se propuso, contribuye al desarrollo dude una cultura nacional y popular. Apoyelo haciéndose socio”. Sin dudas los enunciados del Club eran un tanto directos y sin rodeos, expresaban un llamado a pertenecer y contribuir con la construcción de ese fondo común llamado cultura. Aquí va la pregunta de Silvia Dolinko en aquel texto pequeño llamado Arte para todos en el que se pregunta ¿qué implicancias tienen las imágenes multiplicadas dentro de un momento de fuerte dinamismo social y cultural? Afortunadamente la impresión gráfica puede democratizar las respuestas, pues aquí entendemos el grabado como el testimonio de unx que se proyecta sobre muchos otrxs.
Suena ambicioso y fascinante pensar en la posibilidad hoy día de poder tender lazos entre colegas, trabajadorxs de la imagen, quienes muchas veces nos encontramos dispersos en una ciudad hostil. Imaginar la elaboración de un programa colectivo, una propuesta gráfica atenta a los tiempos que corren, que albergue la diferencia o el deseo, de poder crear en conjunto. Sin dudas en tiempos donde prima la individualidad, la perpetuación del uno y la validación ante los demás, replicar una experiencia de este estilo es un acto de amor increíble. Por ahora hasta aquí, en las próximas entradas posiblemente continuaremos con el Club de Grabado Montevideo, la crisis, la censura, el desacato y su desenlace.







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